Benito Soto
ATLÁNTICO · PIRATERÍA · AVENTURA

NOVELA HISTÓRICA

BENITO SOTO, EL PIRATA DE PONTEVEDRA

El Atlántico tenía un nombre que inspiraba miedo.

Benito Soto, el pirata pontevedrés que llegó a convertirse en una figura temida del Atlántico.

Autor · Miguel D. RodríguezWeb oficial
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DOSSIER 07 · NOVELA HISTÓRICA

El mar guarda historias que la tierra no puede olvidar.

El Atlántico como territorio narrativo: navegación, peligro y la figura del pirata pontevedrés.

Experiencia editorialaventuraMiguel D. Rodríguez

La historia

El Atlántico tenía un nombre que inspiraba miedo.

A comienzos del siglo XIX, en una Pontevedra donde la vida depende del viento, de las mareas y del trabajo en el puerto, nace Benito Soto, hijo de una humilde familia de jornaleros. Mientras su padre lucha cada día por llevar alimento a casa y su madre mantiene unida a la familia en medio de la escasez, el muchacho descubre que el muelle es mucho más que un lugar de trabajo: es la puerta hacia un mundo inmenso del que regresan hombres cargados de historias, mercancías y cicatrices.
Entre tabernas frecuentadas por marineros, viejos carpinteros de ribera y barcos llegados de todos los rincones del Atlántico, Benito aprende a observar antes de hablar. Bajo la discreta enseñanza de Xosé das Pedras, un veterano del puerto que conoce el mar como pocos, comprende que navegar no consiste solo en gobernar un barco, sino en saber leer el viento, las corrientes y, sobre todo, a las personas.
La necesidad lo obliga a abandonar Pontevedra siendo todavía muy joven. Como tantos gallegos de su tiempo, emprende el camino hacia Lisboa para buscar un futuro embarcado. Durante años conocerá la dureza de la vida marinera, las largas travesías oceánicas, los puertos de América, la violencia de las tormentas y la rígida disciplina de los grandes mercantes. Cada viaje lo alejará un poco más del muchacho que un día contemplaba fascinado los barcos desde el muelle de su ciudad.
Pero el océano también es un lugar donde la injusticia, el hambre y la ambición pueden transformar a cualquier hombre. Cuando un motín cambie para siempre el destino del bergantín Defensor de Pedro, Benito deberá elegir entre morir como un marinero más o cruzar un límite del que ya no habrá regreso.
Así comenzará la leyenda del pirata gallego que sembró el terror en las rutas del Atlántico, desafió a las mayores potencias navales de su tiempo y terminó convertido en uno de los hombres más buscados del mundo. Sin embargo, detrás del corsario cuya bandera infundía miedo existió un niño que aprendió a amar el mar antes incluso de navegar sobre él.
Esta es la historia de ese hombre.
No de la leyenda.

Atmósfera

Benito Soto
Pontevedra
Pontevedra

Recorrido

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La experiencia de esta novela se adapta a su identidad visual y a su género.

01El marSección preparada para el contenido definitivo.
02El barcoSección preparada para el contenido definitivo.
03El peligroSección preparada para el contenido definitivo.
04La historiaSección preparada para el contenido definitivo.

El mar lo convirtió en leyenda. La historia se encargó de convertirlo en pirata.

— BENITO SOTO, EL PIRATA DE PONTEVEDRA
01 · Género

Novela histórica

La página utiliza una dirección artística específica para que el género se perciba desde el primer desplazamiento.

02 · Atmósfera

Una identidad propia

Color, textura, iluminación y ritmo visual proceden de la cubierta y de la personalidad narrativa de esta obra.

03 · Contenido

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Primeras páginas

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EXTRACTO01

La lluvia no olía a una sola cosa. En Pontevedra, cuando llevaba varios días cayendo sin descanso, era capaz de mezclarse con todo cuanto encontraba a su paso. Descendía por los tejados de piedra cubiertos de musgo, resbalaba por las calles estrechas de la villa y terminaba reuniéndose en pequeños regueros que desembocaban en el puerto. Arrastraba el olor de la leña húmeda, del pescado recién descargado, del barro pegado a las ruedas de los carros y de las algas que la marea abandonaba en el muelle. Quien hubiera nacido lejos de allí quizá solo habría percibido humedad; Benito, en cambio, distinguía cada uno de aquellos aromas porque llevaba nueve años respirándolos desde que abrió los ojos al mundo.
Aquella tarde de noviembre permanecía descalzo sobre las losas del puerto, sin prestar demasiada atención al agua que le empapaba los pies. El frío había dejado de molestarle hacía mucho tiempo; formaba parte de su vida igual que el viento del norte o el hambre que, algunos días, regresaba antes incluso de que terminara la jornada. Mientras otros muchachos buscaban refugio bajo los soportales, él seguía contemplando la ría con la obstinación de quien espera que ocurra algo distinto.
Benito dirigió la mirada al centro de la ría. Entonces lo vio. No era el primer barco grande que entraba en Pontevedra, pero sí el primero que lograba retener toda su atención. Permanecía fondeado a cierta distancia del muelle y, aun envuelto por la lluvia, parecía distinto de las embarcaciones de pesca que veía casi todos los días. Su casco era más alto, los palos se elevaban con una elegancia desconocida para él y las velas, todavía recogidas, dejaban adivinar un tamaño que despertaba la imaginación de cualquier muchacho.
Benito no sabía que aquella embarcación era un bergantín, ni conocía los nombres de los distintos aparejos; no entendía por qué unos barcos navegaban más lejos que otros. Solo sabía que aquel no pertenecía a la ría. Bastaba mirarlo unos segundos para comprender que había recorrido mares que él ni siquiera podía imaginar. Algo en su pecho se removió sin que supiera ponerle nombre: una mezcla de asombro y hambre de entender que no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
—¡Benito!
La voz de su madre llegó amortiguada por la lluvia. Desde la puerta de la casa hacía gestos para que regresara antes de empaparse por completo. Su figura apenas se distinguía entre la cortina de agua, pero él reconocería aquella silueta incluso a mucha mayor distancia, porque la conocía de memoria, igual que el sonido de sus pasos o el modo en que se recogía el pelo cuando tenía prisa.
—¡Entra de una vez! ¡Vas a coger una pulmonía!
El muchacho volvió la cabeza lo justo para hacerle saber que la había oído. Después fijó de nuevo la vista en el barco, como si aquel gesto bastara para cumplir con su madre sin tener que renunciar a lo que de verdad le importaba en ese momento.
No era desobediencia, no del todo. Aquella embarcación le tenía hechizado. Esa misma curiosidad es la que sentía al encontrar una nueva senda en el monte o al oír a los marineros nombrar lugares que apenas podía pronunciar.
—Siempre haces lo mismo.
La voz de Pedro sonó muy cerca de él. Su hermano pequeño había llegado sin hacer ruido, como tenía por costumbre, y contemplaba el mismo barco con expresión de asombro. Llevaba la chaqueta heredada de su padre, demasiado grande para su cuerpo, y unos zapatos que chapoteaban cada vez que cambiaba el peso de un pie al otro. Se quedó a su lado mirando hacia el mismo punto, como si quisiera entender qué era exactamente lo que había atrapado a su hermano de aquella manera.
—¿Lo habías visto alguna vez?
Benito negó despacio, sin apartar los ojos del bergantín.
—No uno así.
Pedro permaneció observándolo unos segundos más antes de señalar el barco con la barbilla, con esa seguridad que solían tener los niños cuando repetían algo que habían oído sin terminar de comprenderlo del todo.
—Dicen que viene de Cádiz.
—¿Quién lo dice?
—El cura. Se lo contó esta mañana al boticario.
Benito siguió mirando el bergantín sin responder enseguida. Cádiz era un nombre que había oído muchas veces, siempre relacionado con la guerra contra los franceses o con los barcos que cruzaban el océano, pero nunca había pensado demasiado en aquella ciudad. Hasta ese momento le parecía tan lejana como América, un lugar del que hablaban los mayores, pero que pertenecía más a los cuentos que a la realidad; ahora, sin embargo, lo tenía delante, hecho de madera y cuerdas, flotando a unos metros de donde él estaba de pie.
—También dicen que trae armas para los soldados.
Aquello consiguió despertar aún más su interés. Intentó imaginar el interior del barco. Se preguntó cómo serían sus bodegas, cuántos hombres vivirían allí abajo y cuánto tiempo podrían pasar navegando sin tocar tierra. Todo aquello era un misterio para él, pero por primera vez sintió que las respuestas existían en algún lugar; bastaba con subir a bordo y preguntar, aunque solo fuese una idea que jamás se atrevería a llevar a cabo.
Mientras seguía absorto en esos pensamientos, un grupo de jornaleros comenzó a descargar cajas de pescado a unos metros más allá. Entre ellos distinguió enseguida la figura encorvada de su padre. Antonio Soto caminaba despacio, con el paso cansado de quien llevaba demasiados años haciendo el mismo esfuerzo. Levantaba los cajones sin una sola queja, aunque Benito sabía que muchas noches regresaba a casa con la espalda tan dolorida que apenas podía incorporarse del banco en el que cenaban.
El muchacho lo miró y algo le apretó por dentro; no tenía un nombre claro. Quería a su padre, pero empezaba a ver algo que no sabía explicar. Le dolía aceptar esa vida como si no hubiera otra y le dolía pensar que él podría acabar en el mismo muelle y haciendo el mismo trabajo.
Volvió entonces la vista al bergantín. Por un instante, el barco y su padre quedaron frente a frente en su cabeza. Uno representaba todo cuanto conocía; el otro, todo aquello que aún ignoraba.
Sin comprender muy bien por qué, tuvo la impresión de que algún día tendría que elegir entre ambos y, aunque apenas contaba nueve años, una parte de él ya había empezado a tomar esa decisión.
La lluvia aflojó con la tarde. Benito se quedó un rato más en el muelle, sin poder sacarle los ojos de encima a ese barco que le había despertado una curiosidad nueva.
No hizo falta que su madre volviera a llamarlo. Conocía el momento exacto en que la paciencia de Lorenza Aboal empezaba a agotarse, y aquella tarde ya la había puesto a prueba más de lo debido. Echó un último vistazo al puerto antes de emprender el camino hacia casa, seguido de Pedro, que avanzaba dando pequeños saltos para esquivar los charcos más profundos.
La casa de los Soto Aboal era pequeña, modesta y de piedra. En esas calles vivían pescadores, carpinteros de ribera, cargadores, artesanos, todos con trabajo e incertidumbre. La diferencia entre las familias estaba en cuántas veces llenaban la despensa.

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Ficha

El libro.

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AutorMiguel D. Rodríguez
GéneroNOVELA HISTÓRICA
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