Portada de CENIZAS DE LA TORMENTA, de Miguel D. Rodríguez
TORMENTA · CONSECUENCIAS · SUPERVIVENCIA

THRILLER DE ESPÍAS

CENIZAS DE LA TORMENTA

La tormenta terminó. Sus consecuencias, no.

Después de Sombras de la Noche, una nueva aventura abre un escenario diferente donde nada permanece a salvo.

Autor · Miguel D. RodríguezWeb oficial
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DOSSIER 02 · THRILLER DE ESPÍAS

Cuando la tormenta cambia, el peligro también.

Una segunda puerta de entrada al universo de Miguel D. Rodríguez, con una aventura distinta.

Experiencia editorialtensiónMiguel D. Rodríguez

La historia

La tormenta terminó. Sus consecuencias, no.

En un mundo donde las alianzas se forjan en la sombra y las traiciones se pagan con sangre, un equipo secreto del CNI conocido como Escorpio, se convierte en la última barrera contra un conflicto global. Bajo la fría precisión táctica de Gabriel Ferrer y la visión estratégica de Mariana de la Torre, directora del servicio de inteligencia, el grupo se enfrenta a una amenaza que crece en silencio: la expansión nuclear de Corea del Norte y el apoyo encubierto de potencias dispuestas a desafiar el equilibrio mundial. Entre operaciones encubiertas en Europa, conspiraciones que se extienden desde Moscú hasta Pekín y un enemigo invisible que siempre parece ir un paso por delante, Escorpio deberá arriesgarlo todo para evitar que la chispa de una tormenta se convierta en cenizas que arrasen continentes enteros. En esta novela de espionaje y tensión geopolítica, la lealtad se mide en vidas, y el precio del error es la guerra.

Atmósfera

Una novela. Un mundo propio.

Cenizas
Berlín
Mapa

Recorrido

Entra en su universo.

La experiencia de esta novela se adapta a su identidad visual y a su género.

01El regreso
02La tormenta
03La decisión
04La huida
Cuando la tormenta termina, no desaparece el peligro: quedan las cenizas de todo aquello que creíamos seguro.
— CENIZAS DE LA TORMENTA
01 · Género

Thriller de espías

La página utiliza una dirección artística específica para que el género se perciba desde el primer desplazamiento.

02 · Atmósfera

Una identidad propia

Color, textura, iluminación y ritmo visual proceden de la cubierta y de la personalidad narrativa de esta obra.

03 · Contenido

Material del autor

Sinopsis, fragmentos, reseñas, ficha editorial y enlaces de compra se incorporarán mas adelante.

04 · Evolución

Preparada para crecer

Se añadirán imágenes, vídeos, reseñas, ediciones y nuevos formatos sin reconstruir la página.

Primeras páginas

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Una muestra del universo de la novela.

EXTRACTO01

Dos años habían pasado desde que Escorpio desmanteló la organización Érebo. Dos años desde que las sombras se retiraron brevemente del tablero global. Para muchos, la paz que siguió fue la confirmación de que los sacrificios habían valido la pena. Para Gabriel Ferrer, solo fue un paréntesis. Una pausa en la respiración del monstruo.
En aquel entonces, cada miembro del equipo había regresado a una vida que apenas recordaban. Elena Varga aceptó una cátedra en Londres. Omar Al-Khatib volvió a las tribus beduinas que una vez lo consideraron traidor y redentor. Ariane Mbeki se perdió entre códigos y redes de datos. Miguel Calderón se resignó al silencio de las aulas policiales. Noam, Oliver, Mateo, Samira y Teo… todos dispersos, como fragmentos de un espejo roto tras la tormenta.
Gabriel, en cambio, no había encontrado descanso. Desde hacía seis meses, operaba en el este asiático bajo una identidad ficticia proporcionada por los canales más profundos del CNI. Mariana de la Torre, ahora reforzada como directora de inteligencia, le encomendó una misión sin nombre: seguir el rastro del uranio fantasma. Una serie de envíos que desaparecían de los registros en puertos rusos y reaparecían en manos de intermediarios norcoreanos, siempre con la sombra de Pekín detrás. Los informes eran difusos, contradictorios, pero como una constante, emergía con cada paso. Algo se estaba gestando en el corazón del régimen norcoreano, algo más ambicioso, más preciso y peligroso que nunca; y todos los indicios apuntaban al Monte Paektu, en la frontera con China.
Fue en Vladivostok donde el destino cambió. Allí, una red de contactos del antiguo KGB le ofreció una cita con un fantasma: Jin Hae-Jun, el desertor que había desaparecido con parte de los planos del sistema de lanzamiento nuclear norcoreano. Los rusos lo daban por muerto. Los norcoreanos también, pero Gabriel sabía por experiencia que los verdaderos agentes no desaparecen; se repliegan. Los monjes budistas que lo escondían hablaban de un hombre quebrado, atormentado, que hablaba en sueños de un proyecto sellado con sangre y traición. Jin aceptó reunirse con Gabriel, pero no en tierra firme. Temía que lo rastrearan. Exigió un lugar móvil, neutral y silencioso. Así nació el encuentro en el barco pesquero.
La operación fue rápida. Gabriel sobornó a los marineros con oro saudí y los durmió con somníferos líquidos en la comida. Cuando Jin subió a bordo, envuelto en una capa raída y con una pistola sin cargador en la mano temblorosa, Gabriel supo que el tiempo se agotaba. Amanecía cuando se encerraron en la bodega sellada. La noche había caído con una rapidez antinatural sobre la frontera chino-norcoreana.
Las montañas se recortaban como cuchillas contra un cielo de acero, y el aire, seco y cortante, parecía silenciar incluso el aullido de los lobos. Desde una cresta oculta a dos mil metros de altitud, Gabriel Ferrer observaba a través de un visor térmico las luces de una instalación que oficialmente no existía. No se trataba de una base militar cualquiera. Lo sabía por la forma en que se movían los centinelas, por los patrones de calor bajo tierra, por los camiones que llegaban y partían solo de noche, siempre escoltados por vehículos sin matrícula.
El lago Chonji, sagrado para los coreanos, ocultaba un secreto que podía arrastrar al mundo a una guerra silenciosa pero devastadora. Gabriel anotó las coordenadas y grabó en su mente cada detalle. No podía usar transmisiones cifradas desde esa posición sin comprometer su tapadera. Tendría que volver a Vladivostok, donde un encuentro pactado prometía abrirle la puerta a una verdad aún más inquietante. Tres días antes, había llegado a Harbin bajo el nombre de Leonid Artamonov, supuesto geólogo ruso con intereses de inversión en tierras raras. Se movía con soltura, con el cuerpo de quien ha sobrevivido a la guerra y los ojos de quien nunca dejó de pelearla. En su maletín, oculto bajo una doble capa de plomo, llevaba un microdisco con los últimos movimientos de uranio en el corredor transmanchuriano. Allí fue donde escuchó por primera vez el nombre: Kumgang.
Un contacto local del FSB, borracho de miedo y vodka barato, le habló de una operación conjunta entre Moscú, Pekín y Pyongyang.
«Es más que una alianza, es una simbiosis», dijo antes de pedir un asilo político que Gabriel no podía prometerle. Esa palabra lo persiguió durante todo el trayecto a la frontera.
En las calles de Dandong, observó los cargamentos cruzando el puente del río Yalu. Contenedores sin marcar, algunos protegidos por soldados chinos que evitaban el contacto visual. Gabriel sabía leer la tensión en los rostros. Algo grande se cocinaba detrás de esas cajas. No era solo una carrera armamentística. Era un plan, y nadie parecía tenerlo en sus radares. Gabriel sabía que debía encontrarse otra vez con Jin Hae-jun. Lo había buscado durante años, incluso mientras luchaban contra Érebo. Ese hombre era una clave viviente del funcionamiento interno del régimen norcoreano. Si alguien conocía la magnitud real de la amenaza, era él.
Tras una semana de negociaciones, silencios y amenazas veladas, Gabriel consiguió otra cita. El intermediario era un monje budista con acento ruso y una mirada demasiado tranquila.
—Te verá —dijo el monje, entregándole un pedazo de tela bordado con caracteres coreanos arcaicos—, pero no en tierra, quiere el mar, como la vez anterior.
Y así nació el segundo encuentro en el barco pesquero. Para esta ocasión, Gabriel compró el navío con dinero del CNI canalizado por un bufete legal en Seúl. Sobornó a la tripulación y lo preparó todo como si fuera una operación quirúrgica. Porque bajo la superficie de los gestos diplomáticos, las conferencias y las sanciones, una alianza sin precedentes estaba creciendo. Una alianza nuclear entre tres naciones que no compartían ideología, pero sí enemigos comunes.
De vuelta en la montaña, Gabriel desmontó su equipo con la eficiencia de un relojero. Cada pieza de tecnología debía desaparecer antes del amanecer. Mientras empaquetaba el visor térmico, sintió el retumbar sordo de una detonación lejana. No era un disparo, ni un colapso de roca. Era algo más profundo… subterráneo. Apagó todo, respiró hondo y descendió por una ruta que solo los cazadores coreanos y los espías suicidas conocían. Cada paso en la nieve era una decisión calculada. Evitó los campos de minas, sorteó sensores ocultos y alcanzó su punto de extracción en el margen oriental de un arroyo helado. Un viejo UAZ soviético lo recogió tras dos horas de espera. El automóvil lo conducía el mismo monje, imperturbable y silencioso. Durante el trayecto de regreso, Gabriel repasó mentalmente lo que sabía, lo que sospechaba y, lo más peligroso, lo que aún ignoraba.
Solo cuando el vehículo cruzó la frontera informal hacia territorio ruso, Gabriel habló por primera vez:
—¿Y si Jin no aparece?
El monje no giró la cabeza. Sus ojos permanecían en el camino nevado.
—Aparecerá. Tiene tanto miedo como tú, pero ha aprendido a convivir con él.
Gabriel no respondió. Sabía que el miedo era la brújula de los traidores y el motor de los patriotas, y Jin Hae-Jun había sido ambos. El encuentro en el barco tendría lugar en menos de cuarenta y ocho horas. Gabriel usó ese tiempo para repasar su identidad falsa, recalibrar el equipo de grabación, y asegurarse de que la antena de transmisión compacta estuviera limpia de cualquier rastro detectable.
Cada detalle era crucial, porque si Jin hablaba, aunque solo fuera una palabra, el equilibrio del mundo cambiaría para siempre. La noche anterior al encuentro, Gabriel no durmió. Revisó tres veces los esquemas térmicos de la base bajo el lago. El patrón de calor en la estructura subterránea indicaba movimiento continuo, pero lo más inquietante era el silencio electromagnético: sin emisiones ni errores, demasiado perfecto. Solo había visto algo similar una vez: en una instalación de Érebo que operaba bajo una ciudad minera abandonada en Kirguistán. Aquello había terminado con cuatro agentes muertos y una explosión controlada que hizo temblar toda Asia Central.
Gabriel sabía que enfrentaba algo incluso más oscuro, y Escorpio ya no existía, pero pronto volvería a existir.

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Ficha

El libro.

AutorMiguel D. Rodríguez
GéneroTHRILLER DE ESPÍAS
Editorial[EDITORIAL]
ISBN[ISBN]
Páginas[PÁGINAS]
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