Portada de La Hermandad de la Niebla, de Miguel D. Rodríguez
MISTERIO · INVESTIGACIÓN · NIEBLA

MISTERIO POLICIAL

LA HERMANDAD DE LA NIEBLA

En la niebla, la verdad nunca aparece completa.

Una investigación, un misterio y una realidad que se oculta precisamente cuando más cerca parece estar.

Autor · Miguel D. RodríguezWeb oficial
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DOSSIER 05 · MISTERIO POLICIAL

Algunas verdades regresan cuando nadie las espera.

Un universo de niebla, memoria e investigación, profundamente ligado a Galicia.

Experiencia editorialinvestigaciónMiguel D. Rodríguez

La historia

En la niebla, la verdad nunca aparece completa.

Cuando una joven aparece asesinada junto al faro de Touriñán, la periodista Mara Soutelo recibe una llamada anónima que la obliga a regresar a un pasado que creía enterrado.
La investigación del crimen destapa una red de desapariciones de niños ocurridas en Galicia en los años noventa, documentos manipulados y una misteriosa hermandad vinculada a Santa Cristina de Lires. Entre las víctimas podría estar Antón, el hermano de Mara, desaparecido treinta años atrás.
Mientras alguien intenta impedir que descubra la verdad, Mara y el inspector Lois Freire se adentran en una historia de silencios, poder y secretos familiares donde nadie parece ser completamente inocente.
Porque algunos secretos no desaparecen.
Solo esperan a que vuelva la niebla.

Atmósfera

Una novela. Un mundo propio.

Hermandad
Hermandad2
Mapa

Recorrido

Entra en su universo.

La experiencia de esta novela se adapta a su identidad visual y a su género.

01El misterio
02La memoria
03La investigación
04La verdad

En Galicia, la niebla guarda aquello que los hombres prefieren olvidar.

— LA HERMANDAD DE LA NIEBLA
01 · Género

Misterio policial

La página utiliza una dirección artística específica para que el género se perciba desde el primer desplazamiento.

02 · Atmósfera

Una identidad propia

Color, textura, iluminación y ritmo visual proceden de la cubierta y de la personalidad narrativa de esta obra.

03 · Contenido

Material del autor

Sinopsis, fragmentos, reseñas, ficha editorial y enlaces de compra se incorporarán únicamente cuando se faciliten los datos definitivos.

04 · Evolución

Preparada para crecer

La estructura permite añadir imágenes, vídeos, reseñas, ediciones y nuevos formatos sin reconstruir la página.

Primeras páginas

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Una muestra del universo de la novela.

EXTRACTO01

A esa hora de la madrugada, el faro de Touriñán era solo una sombra entre la niebla. La luz giraba despacio, iluminando apenas unos segundos la espuma que estallaba contra las rocas. El mar rugía con fuerza, golpeando la costa como lo había hecho durante siglos; sin embargo, esa noche el sonido del agua era distinto; parecía más profundo, más grave.
Xoel Cabanas había pasado tantos años junto al mar que ya no podía ignorar señales como aquella. Sentado en su pequeña embarcación con el motor apagado y las manos quietas sobre las piernas, escuchaba. El impermeable amarillo destacaba bajo la lluvia como una mancha en la oscuridad, y su rostro, endurecido por años de salitre, parecía esculpido en granito. Tenía cincuenta y dos años, aunque el mar le había sumado al menos diez. Barba gris irregular, uñas rotas, pequeñas cicatrices blancas en los nudillos. Todo en él era del mar, incluso su manera de quedarse inmóvil.
Escuchó otra vez las olas y el viento y la estructura del faro vibrando levemente bajo las ráfagas; y, debajo de todo aquello, apenas perceptible, el sonido que lo había obligado a acercarse a las rocas. Algo golpeando de manera regular y suave, como algo distinto a lo habitual moviéndose entre las olas.
Xoel encendió la linterna y apuntó al borde de la escollera. La luz apenas atravesaba la lluvia densa. Al principio solo vio espuma y piedra mojada, pero pronto distinguió una forma humana atrapada entre dos bloques de granito. El corazón se le tensó de inmediato. No pensó en un cadáver al principio, ya que el océano traía basura todo el tiempo: redes, cajas, troncos, incluso animales muertos, pero había algo demasiado quieto en esa figura. Uno de los brazos colgaba sobre las rocas.
Sintió angustia en el pecho, esa sensación que surge únicamente cuando uno ya sabe lo que va a encontrar antes de verlo.
—Hostia… —murmuró entre dientes.
Bajó despacio de la embarcación. Las botas resbalaban sobre las algas mojadas mientras el viento le golpeaba con fuerza. A cada paso sentía el mar romper cerca, rugiendo como si quisiera advertirle de algo. La lluvia le calaba la capucha y le bajaba por el cuello, helándole la espalda, pero Xoel siguió hasta llegar junto al cuerpo.
Era una mujer joven, de no más de veinticinco años. El cabello oscuro pegado al rostro, el abrigo negro estaba empapado y la piel era tan blanca que parecía brillar bajo la linterna. Tenía los labios abiertos y los ojos entrecerrados, como si hubiera muerto al ver algo terrible.
El océano seguía golpeando alrededor del cuerpo, levantando espuma sobre las piedras y moviendo mechones de cabello en sus mejillas.
Xoel se agachó despacio. Las manos le temblaron antes de comprender la razón. Había presenciado numerosos cadáveres: marineros hundidos, narcotraficantes flotando entre bateas, un joven de diecisiete años atrapado bajo un casco oxidado en Camariñas. El mar devolvía cuerpos con frecuencia; era una de sus pocas certezas. Sin embargo, aquella joven no parecía ahogada; tenía hematomas, marcas finas en la piel y, en el cuello, una mancha oscura bajo la mandíbula que podía haber sido causada por asfixia. No hacía falta ser médico para verlo. Entonces notó que tenía un pie descalzo; solo llevaba un zapato; el izquierdo había desaparecido.
No supo por qué, pero Xoel buscó el otro zapato entre las rocas; entonces algo bajo el cuello del abrigo llamó su atención. Apartó el cabello mojado y la linterna iluminó una medalla pequeña, oxidada por el tiempo, colgando de una cadena oscura. El pescador sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Reconoció el símbolo grabado en el metal: un círculo atravesado por tres líneas verticales.
Retrocedió sin pensarlo. La lluvia seguía cayendo a su alrededor. El océano rugía bajo el faro. Por un momento dejó de ver el cuerpo de la muchacha y recordó otra cosa. Otra noche, otro invierno, 1994.
Furgonetas blancas avanzaban sin luces por una carretera secundaria cerca de Muros. Niños, llantos apagados y hombres que aprendieron demasiado pronto que algunas preguntas podían costarles la vida.
Xoel cerró los ojos con fuerza. Llevaba treinta años intentando olvidar esa marca; pensó que nunca volvería a verla.
Se incorporó despacio, con el corazón latiendo más fuerte de lo normal. El viento aullaba a su alrededor. Miró de nuevo el cadáver y sintió algo peor que el miedo: el reconocimiento, como si esa muerte hubiera empezado mucho antes de esa noche.
Muy lejos de allí, en Vigo, Mara Soutelo seguía despierta.
El apartamento permanecía casi completamente a oscuras salvo por la luz azulada del portátil encendido sobre la mesa del salón. Había papeles acumulados por todas partes, tazas de café vacías, periódicos subrayados y varias botellas medio terminadas alineadas junto a la ventana. El cristal vibraba suavemente bajo la lluvia y, desde el cuarto piso, las luces del puerto parecían suspendidas sobre el agua negra como pequeños incendios inmóviles atrapados en la niebla.
Mara sostenía un cigarrillo apagado entre los dedos mientras observaba la tormenta. No fumaba desde hacía meses, o al menos así intentaba convencerse. Tenía treinta y ocho años y el cansancio comenzaba a instalarse en ella de manera irreversible; no era un cansancio físico, sino algo más profundo y persistente, una especie de desgaste interior que ni el alcohol ni el trabajo lograban anestesiar por completo. Dormía mal desde hacía años. Algunas noches apenas lograba cerrar los ojos durante una hora seguida antes de despertarse con la sensación de haber olvidado algo importante. En otras ocasiones, soñaba con agua: agua negra entrando por debajo de las puertas, subiendo por las escaleras, cubriendo lentamente el rostro de un niño.
El teléfono vibró sobre la encimera de la cocina. Mara tardó varios segundos en mirarlo. Número oculto. Frunció el ceño; a esa hora, normalmente, sólo llamaban dos tipos de personas: borrachos o gente asustada.
Respondió sin hablar. No escuchó nada al principio, sólo respiración, agitada e irregular. Después, viento; y entonces una voz femenina quebrada por el miedo:
—Si me pasa algo… no fue el mar.
Mara se quedó completamente inmóvil. La lluvia golpeaba el cristal detrás de ella con una insistencia ciega, sin ritmo. La voz continuó respirando unos segundos más; luego se oyó un golpe sordo y lejano, como el de una cadena zarandeada por la corriente, y finalmente:
—Pregúntale por los niños.
La llamada terminó. Nada más. Mara apartó lentamente el teléfono de la oreja y lo observó unos instantes, como si esperara que añadiera algo más. Sintió aquel antiguo escalofrío recorriéndole la espalda antes incluso de comprender la razón; no era miedo exactamente, sino algo más cercano al reconocimiento, la sensación de que una historia que creía enterrada acababa de llamar a su puerta a las tres de la mañana.
Volvió a reproducir el audio de la llamada. Desde que empezó en su profesión, siempre grababa todas las llamadas telefónicas. La tercera vez cerró los ojos. Había algo al fondo: un sonido casi imperceptible, una campana grave que resonaba como las boyas marítimas en los temporales. Anotó automáticamente varias palabras en una libreta negra llena de nombres y fechas:
NO FUE EL MAR. NIÑOS. CAMPANA.
La lluvia arreció contra la ventana. Mara permaneció mirando aquellas palabras durante varios segundos, con el bolígrafo todavía en la mano y la misma sensación de quien lleva años esperando una llamada sin saber que la estaba esperando. Una puerta que jamás había conseguido cerrar del todo acababa de abrirse por sí sola.

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Ficha

El libro.

La ficha queda preparada para incorporar exclusivamente los datos editoriales reales.

AutorMiguel D. Rodríguez
GéneroMISTERIO POLICIAL
Editorial[EDITORIAL]
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Páginas[PÁGINAS]
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