Novela histórica
La página utiliza una dirección artística específica para que el género se perciba desde el primer desplazamiento.

NOVELA HISTÓRICA
Antes de la leyenda estuvo el hombre.
Una mirada narrativa a Pelayo y al mundo convulso en el que comenzó a forjarse una historia destinada a perdurar.
Una experiencia histórica de montaña, guerra, fe y nacimiento de una leyenda.
La historia
Año 711. El reino visigodo se desmorona tras la derrota del Guadalete y la invasión musulmana avanza por Hispania. Entre los supervivientes que huyen hacia el norte se encuentra Pelayo, un guerrero que ha perdido la fe en los reyes, en los nobles y en un mundo que parecía eterno.
Refugiado en las montañas de Asturias, Pelayo descubre que sobrevivir no será suficiente. Tendrá que unir a hombres divididos por antiguas rivalidades y convertir un territorio pobre y aislado en el último bastión frente al nuevo poder que domina Hispania.
Entre traiciones, hambre, miedo y batallas, nacerá una resistencia que cambiará el curso de la historia.
Porque algunos reinos nacen cuando todo lo demás ha caído.
Atmósfera


Recorrido
La experiencia de esta novela se adapta a su identidad visual y a su género.
Antes de que hubiera un reino, hubo un hombre dispuesto a no rendirse.— PELAYO
La página utiliza una dirección artística específica para que el género se perciba desde el primer desplazamiento.
Color, textura, iluminación y ritmo visual proceden de la cubierta y de la personalidad narrativa de esta obra.
Sinopsis, fragmentos, reseñas, ficha editorial y enlaces de compra se incorporarán únicamente cuando se faciliten los datos definitivos.
La estructura permite añadir imágenes, vídeos, reseñas, ediciones y nuevos formatos sin reconstruir la página.
Primeras páginas
Una muestra del universo de la novela.
El calor había llegado antes que la luz y llevaba horas atrapado sobre la llanura como una manta extendida encima del campamento. Durante la noche, algunos hombres habían dormido directamente sobre la tierra reseca junto al río Guadalete, usando los escudos como almohada y las capas sudadas para protegerse de los insectos que zumbaban sin descanso alrededor de las heridas, de las hogueras apagadas y de los animales. Otros no habían logrado dormir en absoluto y permanecían sentados junto a fuegos moribundos, afilando cuchillos que quizá no volverían a usar o murmurando plegarias tan bajas que parecían conversaciones íntimas con un dios cansado de escuchar siempre el mismo miedo. El aire entero olía a humo viejo, cuero mojado, estiércol de caballo y cuerpos demasiado tiempo encerrados dentro de armaduras calientes.
Pelayo despertó poco antes del alba, cuando la oscuridad todavía cubría buena parte del campamento y las estrellas comenzaban a desvanecerse detrás de una neblina espesa que ascendía lentamente desde el río. Durante unos instantes no supo dónde estaba. Aún atrapado entre el sueño y la vigilia, creyó escuchar el eco distante de las campanas de Toledo y el rumor del Tajo golpeando los muros de piedra bajo la ciudad, pero aquella ilusión desapareció en cuanto abrió los ojos y vio la inmensa extensión de cuerpos esparcidos sobre la tierra: hombres dormidos entre lanzas, caballos y carros, iluminados apenas por el resplandor rojizo de las últimas brasas.
Muy cerca alguien tosía con violencia, una tos profunda que parecía arrancarle pedazos de pulmón. Más allá, un caballo relinchó nervioso y dio una coz contra una carreta, provocando una lluvia de insultos medio dormidos.
Permaneció inmóvil unos momentos observando el cielo mientras sentía la humedad adherida a la barba y el roce desagradable de la camisa de lino pegada al pecho por el sudor. Le dolía la espalda. Hacía semanas que apenas descansaba de verdad y el cuerpo empezaba a resentirse. Se incorporó lentamente, tomó el cinturón y ajustó la espada sobre la cintura. Aquella hoja había pertenecido a su padre y antes quizá al padre de este; era una espada visigoda antigua, pesada, poco elegante y diseñada más para partir huesos que para lucirse en ceremonias. La empuñadura estaba gastada por generaciones de manos y cerca de la guarda permanecían manchas oscuras imposibles de eliminar completamente, rastros de sangre vieja incrustada en el metal como si la espada se negara a olvidar.
Buscó una jarra junto a los sacos y bebió el último resto de agua caliente y turbia que quedaba en el fondo. Sabía a barro. Mientras limpiaba la boca con el dorso de la mano, vio aparecer a Argimiro entre las sombras del campamento. El mercenario avanzaba despacio, con la túnica abierta y el cabello negro pegado a la frente por el sudor de la noche. Bajo las uñas conservaba restos de sangre seca y polvo. Nunca parecía completamente limpio, como si hubiera nacido para vivir cubierto de suciedad, humo y heridas.
—Ya huele a miedo —dijo mientras se dejaba caer sobre una piedra cercana.
Pelayo levantó la vista hacia él y gruñó algo parecido a un saludo.
—¿Has dormido?
Argimiro sonrió apenas, mostrando la cicatriz torcida que le cruzaba la mejilla izquierda desde la oreja hasta el mentón, una marca tan irregular que, al sonreír, daba la impresión de que el rostro hubiera sido cosido por un carnicero.
—Un poco.
—Mientes mal.
El mercenario soltó una breve risa nasal y apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Han llegado más durante la noche.
Pelayo volvió la vista hacia la oscuridad que se extendía al otro lado del río.
—¿Cuántos?
—No lo sé. Demasiados. Cada hombre trae una cifra distinta. Algunos dicen veinte mil. Otros hablan de cuarenta. Al amanecer quizá ya sean cien mil en boca de los sacerdotes.
Aquello era cierto. Desde hacía días el campamento entero vivía alimentándose de rumores. Cada jinete que llegaba desde el sur traía noticias nuevas y todas empeoraban las anteriores. Se hablaba de bereberes capaces de cabalgar durante días sin agua, de arqueros sirios que podían atravesar armaduras a cincuenta pasos y de nobles godos que mantenían conversaciones secretas mientras el ejército esperaba órdenes. Nadie sabía realmente qué ocurría, pero el miedo llenaba los huecos que dejaba la ignorancia y crecía con una rapidez enfermiza entre hombres agotados y demasiado conscientes de lo lejos que se encontraban ya de Toledo.
Un grupo de soldados cruzó cerca de ellos cargando haces de lanzas. Uno de los muchachos apenas tendría dieciséis años y todavía no le crecía barba en las mejillas. Caminaba intentando aparentar firmeza delante de los demás, aunque sostenía el escudo de forma torpe y sus ojos no dejaban de moverse nerviosos hacia la oscuridad del horizonte. Pelayo observó cómo el chico desviaba rápidamente la mirada al notar que lo miraban.
—Ni siquiera debería estar aquí —murmuró.
Argimiro escupió sobre la tierra seca.
—Cuando acabe el día quizá tampoco esté en ninguna parte.
Pelayo no respondió. Conocía demasiado bien aquella forma de hablar del mercenario. Argimiro llevaba años contemplando la muerte con una familiaridad incómoda, como si fuese una vieja compañera de viaje sentada siempre a su lado. A veces aquella crudeza resultaba insoportable; otras, en cambio, parecía lo único honesto que quedaba en medio de las mentiras de los nobles y las bendiciones de los sacerdotes.
Ficha
La ficha queda preparada para incorporar exclusivamente los datos editoriales reales.
Recepción
[RESEÑA REAL]
[NOMBRE / MEDIO][RESEÑA REAL]
[NOMBRE / MEDIO][RESEÑA REAL]
[NOMBRE / MEDIO]