Thriller de espías
La página utiliza una dirección artística específica para que el género se perciba desde el primer desplazamiento.

THRILLER DE ESPÍAS
El poder también tiene secretos.
Hay información que puede cambiar una vida, y otra capaz de cambiar el destino de un país.
Información, poder y operaciones clandestinas se encuentran en una atmósfera de inteligencia internacional.
La historia
Durante décadas, algunos secretos permanecen enterrados porque nadie se atreve a desenterrarlos.
Martín recibe un documento que nunca debería haber reaparecido: una antigua lista de nombres vinculada a una operación secreta del Estado que tuvo lugar treinta años atrás. Entre esos nombres está el suyo.
A partir de ese momento, su pasado vuelve a perseguirlo. Viejos agentes, políticos y empresarios reaparecen; antiguas lealtades se quiebran y una conspiración que parecía olvidada comienza a revelar dimensiones mucho mayores de lo imaginable. Lisboa solo era el principio.
Cuando Martín descubre que detrás de aquella operación se esconde un proyecto capaz de alterar el equilibrio político de Europa, deberá enfrentarse a una pregunta inquietante:
¿Hasta dónde puede llegar un Estado para protegerse de una verdad que podría destruirlo?
Porque algunos secretos no fueron enterrados para ser olvidados.
Fueron enterrados para esperar.
Atmósfera


Recorrido
La experiencia de esta novela se adapta a su identidad visual y a su género.
— SECRETOS DE ESTADOCuando un Estado decide ocultar la verdad, alguien tiene que pagar el precio.
La página utiliza una dirección artística específica para que el género se perciba desde el primer desplazamiento.
Color, textura, iluminación y ritmo visual proceden de la cubierta y de la personalidad narrativa de esta obra.
Sinopsis, fragmentos, reseñas, ficha editorial y enlaces de compra se incorporarán únicamente cuando se faciliten los datos definitivos.
La estructura permite añadir imágenes, vídeos, reseñas, ediciones y nuevos formatos sin reconstruir la página.
Primeras páginas
Una muestra del universo de la novela.
El ascensor se detuvo entre dos plantas con un golpe seco, como si alguien hubiera tirado de él desde arriba. Martín no miró el panel; ya sabía que no era una avería.
La luz interior vaciló una vez, apenas un parpadeo, y luego se mantuvo estable. El zumbido del sistema eléctrico seguía, constante, pero había otro sonido encima, uno que no encajaba del todo, como una interferencia leve, casi imperceptible para quien no está acostumbrado a oír lo que no debe. Se preguntó cuánto tiempo llevaban siguiéndolo. No era la primera vez que alguien intentaba llamar su atención así, pero sí la primera en mucho tiempo, y eso ya era significativo.
Apoyó la palma en la pared de acero, fría y quieta, como si el edificio entero contuviera el aliento.
—Curioso —dijo en voz baja para sí mismo.
El edificio tenía más de cuarenta años y un historial irregular de mantenimiento, pero el ascensor no se detenía así; no a medio recorrido, ni con las puertas selladas y el sistema sin emitir alarma alguna. Sacó el teléfono del bolsillo y comprobó que no tenía cobertura. Eso tampoco era normal. Martín conocía la diferencia entre un punto muerto de señal y una zona bloqueada deliberadamente. Guardó el teléfono de nuevo, sin prisa, y levantó la vista hacia la cámara de seguridad en la esquina superior. Siempre miraba ahí primero. Un punto negro apagado, o eso parecía, que no era lo mismo.
Se ajustó el nudo de la corbata, más por costumbre que por necesidad. No llevaba traje completo, solo la chaqueta doblada sobre el brazo, pero el gesto era automático, como si el cuerpo mantuviera rutinas que la mente ya no consideraba útiles. Era una manera de ganar tiempo, de aparentar calma, aunque no la sintiera del todo.
—Si esto es una conversación —añadió—, podríais haber elegido un sitio mejor.
Nada. Solo el zumbido constante, ese murmullo eléctrico que ya le parecía casi una burla. Después, un chasquido que venía del techo, no de fuera.
Martín alzó la vista justo a tiempo para ver cómo la placa central se desplazaba unos centímetros, lo suficiente como para que una sombra se filtrara por la abertura. No retrocedió. Retroceder habría sido admitir algo que todavía no estaba dispuesto a hacer.
La figura bajó con agilidad controlada, sin hacer ruido de más, como quien ha hecho ese movimiento muchas veces. Zapatos blandos, ropa oscura, sin marcas. El rostro quedó en sombra un segundo más de lo normal, ese segundo extra que también decía algo.
—Has tardado.
La voz no era joven, y tampoco vieja. Lo justo para no poder ubicarla con precisión, y Martín sospechó que eso también era deliberado.
—El tráfico.
La figura terminó de incorporarse a la cabina y, con un gesto medido, empujó la placa del techo hasta devolverla a su sitio. Ahora estaban los dos, en ese espacio demasiado pequeño para lo que iba a decirse.
—No sueles hacer esto —dijo Martín.
—Tú tampoco sueles ignorar avisos.
Eso sí le hizo mirarle mejor. No por la frase en sí, sino por la elección de palabras. Alguien que dice ignorar, en lugar de no recibir, ya ha tomado partido.
—No recibí ninguno.
—Lo recibiste; otra cosa es que decidas no reconocerlo.
Martín dejó que la frase flotara un momento y luego sonrió, solo lo suficiente para que se notara, sin que pareciera forzado.
—Eso suena a reproche.
—Suena a hecho.
La luz parpadeó de nuevo, esta vez más despacio, como si alguien la controlara desde fuera. Martín miró de reojo el panel de botones. Ninguno funcionaba. Sentía que no estaba en un ascensor, sino en una sala de espera donde otro ponía las reglas.
—¿Y ahora qué? —preguntó. ¿Me bajas al garaje o me dejas aquí hasta que me canse?
La otra figura no respondió enseguida. Dio medio paso hacia él, lo suficiente para salir de la sombra, y Martín lo reconoció antes de verle bien. No por la cara, sino por su forma de estar. Esa manera de moverse que algunos nunca pierden, aunque pase el tiempo.
—No esperaba verte en persona —dijo.
—No es personal.
—Nunca lo es.
Eso le hizo esbozar una mueca breve, casi sin querer, como si la frase le hubiera tocado un punto inesperado.
—Sigues igual.
—Tú no.
El hombre ignoró el comentario con la práctica de quien lleva décadas ignorando lo que no le conviene. Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre fino, sin marcas, ligeramente doblado por una esquina, como si hubiera pasado demasiado tiempo en un bolsillo o en demasiadas manos. Se lo mostró sin entregárselo. Ese gesto también era una pregunta.
—¿Sabes qué es?
Martín no lo cogió. Lo miró un momento, calibrando.
—Si lo sabes tú, es suficiente.
—No lo es.
El sobre quedó entre los dos, suspendido en ese espacio pequeño donde ninguna mano se imponía. Martín sintió algo que no era miedo, sino esa tensión que se aprende con los años, ese instante en que aún se puede elegir no saber.
—Ha vuelto a aparecer —dijo el otro.
Martín no reaccionó, al menos, no de forma visible. Eso también era una habilidad que se cultivaba.
—Eso es un problema de archivo —respondió—. No mío.
—No es un archivo.
Ahí sí hubo un cambio, muy leve. Un ajuste en la respiración, como cuando se recibe una noticia que, en el fondo, ya se esperaba, pero igual duele.
—Entonces es peor de lo que creo—dijo Martín.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza, como si concediera ese punto sin necesidad de decirlo.
—Mucho peor.
El ascensor bajó de golpe medio metro y se detuvo otra vez. Esta vez la estructura crujió, como si algo protestara por dentro. Ninguno de los dos miró hacia arriba. Sabían que, si caía, caía, y preocuparse no lo evitaría.
Ficha
Recepción
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