EXTRACTO01
La lluvia mojaba las calles adoquinadas de Praga y hacía la noche aún más oscura. Gabriel Ferrer subió el cuello de su abrigo y caminó decidido hacia un café, uno de tantos bajo los soportales de la Plaza Malá Strana. Allí debía esperarle su contacto: un informante importante con acceso a documentos que, según su jefe en la Casa, valían más que su propia vida.
Antes de entrar, miró a su alrededor. Todo parecía normal. Había poca gente en la calle, algo lógico con la tormenta encima. Los truenos asustaban y la lluvia caía fuerte, como si el cielo soltara de golpe todo lo que llevaba dentro.
Bastante tiempo había pasado desde la última vez que estuvo en Praga. En aquella ocasión, las cosas no habían salido demasiado bien.
Por su experiencia de años en el servicio, notó un pequeño detalle que no encajaba en la escena. Eso lo hizo estar muy precavido, y esa decisión fue clave. Era como si tuviera un sexto sentido que le avisaba de un peligro invisible justo antes de que ocurriera algo malo.
Esta vez, sintió esa inquietud que lo puso en alerta. No sabía la razón, solo que algo no le gustaba. Aun así, debía reunirse con su contacto; era demasiado importante para dejarlo pasar.
Entró sin llamar la atención. La cafetería estaba casi vacía, salvo unos cuantos clientes absortos en sus bebidas. En una de las mesas del fondo, un hombre con un periódico doblado le hizo un gesto sutil. Gabriel se dirigió a su posición y se sentó frente a él.
—Llega tarde —murmuró el hombre sin levantar la vista.
—Me gusta ver quién llega antes que yo —respondió Gabriel, escaneando el lugar con un vistazo rápido.
El informante deslizó un sobre bajo la mesa y, antes de que Gabriel pudiera cogerlo, la puerta del café se abrió de golpe. Cuatro hombres vestidos de negro entraron; sus miradas recorrieron el local en busca de alguien.
Gabriel se tensó. Sabía reconocer una celada cuando la veía.
—No sé cómo, pero me han seguido —susurró el informante, con los ojos abiertos de terror mientras intentaba ocultar su rostro para no ser identificado.
Sin perder un segundo, Gabriel se puso en guardia y, del interior de su chaqueta, sacó lentamente su arma, una Beretta 92FS de 9 mm Parabellum.
—Haga lo que le digo. Primero de todo, tranquilícese. En cuanto se lo diga, levántese y, sin correr, camine hacia la puerta del fondo, como si fuera a los lavabos.
Vio dónde estaba el hombre más cercano y calculó en un instante cuánto tiempo tenían para moverse.
—¡Vamos! —indicó con firmeza.
El hombre dudó, pero Gabriel no le dejó elegir. Sabía que solo tenían unos segundos. Lo tomó del brazo y lo levantó con rapidez.
En ese instante, uno de los hombres de la entrada gritó algo en un idioma que Gabriel no reconoció de inmediato, pero el significado estaba claro: los habían identificado.
Se oyeron disparos en la cafetería; se rompieron los ventanales y los vidrios volaron por el suelo. La calma de antes se convirtió en caos en pocos segundos.
Gabriel no esperó a ver quién disparaba. Agarró al informante por el cuello de la chaqueta y lo empujó hacia la puerta cercana con la intención de salir de la línea de fuego.
—¡Muévete! —rugió.
El contacto obedeció tambaleándose con el miedo en la cara mientras entraban en la cocina del café.
Los cocineros gritaban y se agachaban donde podían, pero Gabriel no tenía tiempo para calmar a nadie.
Echó un vistazo rápido y vio otra puerta; pensó que llevaba a la parte trasera o a un almacén. No podía perder tiempo pensando; tenía que arriesgarse. Tiró del informante y lo empujó hacia allí.
Al cruzar la puerta, salieron a un callejón estrecho y oscuro. Habían tenido suerte; de no ser así, todo se habría complicado.
El ruido de las balas que los seguía se mezclaba con la lluvia que caía afuera.
—¿Quiénes son esos tipos? —preguntó Gabriel mientras corrían para alejarse del peligro.
—No lo sé… No son de mi agencia y, por tu pregunta, tampoco de la tuya.
Si ninguno de los dos los conocía, eso podía significar que alguien había contratado mercenarios. Gente sin reglas. Lo único seguro es que eran profesionales y que habían ido a eliminarlos.
Doblaron la esquina más cercana y, sin parar, sacó su teléfono, marcó un número de emergencia reservado y esperó la respuesta con impaciencia.
—¿Código? —preguntó una voz impersonal al otro lado.
—Niebla roja. Necesito una salida segura.
—¿Dónde se encuentra?
—En la zona de Kampa, en Praga, cerca del Museo Franz Kafka.
Hubo un breve silencio. Después de unos segundos que parecieron eternos, la voz respondió.
—Punto de extracción en veinte minutos. Puente Carlos, en la escalera izquierda le esperará una embarcación. ¿Llegará a tiempo?
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